Cinco años sin hablar con mi madre
- Brianda Garcia

- Jul 27
- 5 min read
Updated: Jul 28
Una nota antes de leer: Como terapeuta y como persona que ha vivido el trauma generacional, creo que dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo: podemos sentir compasión por las experiencias que marcaron a nuestros padres y, a la vez, reconocer el daño que esas experiencias nos causaron. Esta publicación refleja mi experiencia personal y los límites que han sido necesarios en mi propio proceso de sanación.
Dejar de hablar con mi mamá fue la decisión más fácil que pude tomar por mi bienestar, y al mismo tiempo, una de las más difíciles con las que me ha tocado vivir. Con el tiempo, sigo viviendo el duelo por la relación que siempre esperé tener con ella. A pesar de todo, todavía extraño a mi mamá. Hay momentos en los que desearía poder llamarla, apoyarme en ella o simplemente tener la relación que alguna vez imaginé. El duelo me ha enseñado que es posible amar profundamente a alguien y, al mismo tiempo, reconocer que tener una relación con esa persona ya no es saludable.
Hace años, la depresión, el enojo y la frustración se apoderaron de mi mamá. Desafortunadamente, ella cargó (y continúa cargando) con resentimientos que vienen desde su propia infancia. Antes de tener la oportunidad de sanar esas heridas, se casó joven y se convirtió en madre, dejando poco espacio para procesar y trabajar su propio dolor.
En lugar de poder convertirse en una fuente de fortaleza y estabilidad para nuestra familia, se encontró con una pareja que también cargaba con heridas emocionales sin resolver. Juntos, no pudieron crear el tipo de hogar que yo necesitaba de niña: un hogar donde me sintiera segura, apoyada y libre de simplemente ser una niña.
Recuerdo que mi mamá constantemente descargaba su enojo sobre mí. Tuve que aprender a esquivar sus golpes, sentarme sola cuando me dejaba fuera de la casa con la puerta cerrada y tratar de ser más astuta que ella. Vivía en constante alerta, anticipando los conflictos y lista para defenderme en cualquier momento.
Ella se sentaba sola en habitaciones oscuras, permitiendo que la depresión la consumiera. Fue ahí cuando aprendí cuánto puede afectar el aislamiento la mente y el bienestar emocional de una persona.
Ella se alejaba de familiares y amistades. Desde pequeña recuerdo que me decía que no habláramos con personas que la habían hecho enojar. Terminamos aislados por conflictos que nunca fueron nuestros para cargar. Nos convertimos en personas apartadas de los demás, y mi papá permitió que eso sucediera.
Con el tiempo, su necesidad de tener control aumentó. Desarrolló comportamientos que hicieron que el afecto y la conexión fueran difíciles. No permitía abrazos sin después tener que bañarse o cambiarse de ropa. De niña, no recibí mucho afecto físico, y esas experiencias reforzaron la idea de que el contacto físico era incómodo y algo que debía evitar.
Nada era considerado basura. Todo tenía que guardarse, y solamente ella tenía permiso de decidir qué podía desecharse. Con el tiempo, comenzaron a desarrollarse comportamientos de acumulación, creando un ambiente donde dejar ir las cosas se volvió casi imposible.
Su necesidad de controlar todo se hizo más fuerte con cada día que pasaba. Incluso hoy, abre mi correo sin mi consentimiento. ¿Qué está buscando? No lo sé. Pero imagino que puede ser una de las pocas maneras en las que siente que todavía puede mantener control sobre algo fuera de ella misma.
Un momento para desahogarme: la última interacción que tuve con mi mamá fue en una boda familiar el año pasado. Durante el evento, ella se molestó y se acercó a mí diciéndome que estaba lista para tener una confrontación física conmigo si yo estaba dispuesta a hacerlo.
¿Se pueden imaginar escuchar eso de su propia mamá?
¿Y mi papá? Por lo que sé, nunca habló con ella sobre esa situación después. Se quedó en silencio, como muchas veces lo ha hecho a lo largo de mi vida. Una característica de mi papá: evitar los conflictos.
Entonces mi papá tampoco queda exento de todo esto.
Una de las partes más frustrantes de mi relación con mi papá es que, debido a que estuvo mayormente ausente durante mi infancia, nunca tuvimos la oportunidad de construir una relación sólida. Ahora que es mayor, muchas veces lo veo asumir el papel de víctima- con miedo de defenderse o enfrentar la realidad de su relación con su esposa, mi mamá.
Le cuesta reconocer su propia insatisfacción con su matrimonio y el impacto que esa dinámica ha tenido en la familia.
Por lo que presencié mientras crecía, la relación de mis padres era un ciclo constante:
“Te odio, te amo.Te odio, te amo. Me voy, regreso. Me voy, regreso.”
Ese patrón formó el ambiente en el que crecí.
Incluso ahora, mi papá tiene dificultad para reconocer que la salud mental de mi mamá ha seguido deteriorándose. En lugar de enfrentar los comportamientos que han causado daño, muchas veces los permite al permanecer en silencio y evitar los conflictos.
Durante mucho tiempo, creí que era mi responsabilidad mantener los problemas familiares en privado, como muchas veces nuestra cultura y tradiciones nos enseñan. El silencio se veía como una manera de proteger a la familia, incluso cuando ese silencio venía a costa de mi propia sanación.
Sin embargo, en los últimos años, he encontrado alivio al permitir que familiares y amistades de confianza conozcan mis experiencias y me brinden apoyo. Compartir la soledad que cargué (tanto en el pasado como la que todavía siento a veces) ha sido recibido con compasión, apoyo y amor.
El apoyo ha sido poderoso.
Esa es mi esperanza con esta publicación: recordarles a otros que expresar su verdad puede ser liberador. Ya sea a través de escribir, conversaciones, terapia, arte o cualquier otra forma que sea adecuada para ti, tus experiencias merecen tener un espacio donde puedan ser reconocidas.
No tienes que cargar con todo en silencio.
En cuanto a mí, continúo practicando la autoconciencia y reconociendo cuándo puedo estar repitiendo patrones relacionados con el trauma generacional. A veces puedo darme cuenta en el momento; otras veces necesito el apoyo de las personas que me rodean, como mi esposo, quien puede señalarme esos patrones con cariño.
Cuando eso sucede, tomo tiempo para reflexionar y procesar. Me permito sentir la incomodidad, intento entender de dónde vienen esas reacciones y comienzo a comprender las emociones que existen debajo de ellas. Mi familia, amistades y mi terapeuta me ayudan a conectar las piezas que no siempre puedo entender por mí misma.
Todavía tengo mucho camino por recorrer, pero existe paz al saber que estoy haciendo el trabajo.
Al final, las consecuencias de las acciones y decisiones de mi mamá son muy evidentes. Tres de sus cuatro hijos ya no tienen contacto con ella. Vive sola, cargando con el peso de años de dolor no resuelto y patrones que la han llevado hasta este punto.
¿Va a mejorar? No lo sé.
¿Estoy abierta a reconectar algún día? Sí, pero solamente si está dispuesta a reconocer el daño causado por sus comportamientos y asumir responsabilidad por sus acciones.
¿Pasará eso? No lo sé.
Mientras tanto, lo único que puedo hacer es continuar avanzando y construir una vida rodeada de las personas que deciden estar presentes, amarme y apoyarme.
No puedo obligar a alguien más a sanar, pero sí puedo elegir continuar sanándome a mí misma.
Y así es como el ciclo termina: conmigo.




Comments